Payaras en Salto Uraima (Bolivia)

Todo comenzó hace unos meses, ya estaba acostumbrado a la pesca de pavones al sur de Venezuela, en los embalses del estado Guarico, y pensaba en visitar otros sitios para explorar y disfrutar de esta fantástica actividad. Casualmente mi amigo Rafael me llamo un día a la oficina para comentarme que existía un lugar en el Estado Bolívar donde se podían encontrar ejemplares de Payaras de enorme tamaño como en ningún otro lugar del mundo, por supuesto al principio pensé que era otra historia emocional de mi amigo Rafael, como es común en el mundo de los pescadores deportivos.
Presté poca atención al comentario y continué en mis labores ya que eran días de intenso trabajo. Aproximadamente una semana más tarde recibí un correo electrónico de Rafael con una fotografía anexa, el tema del correo era “Payara de 25 Libras!”. Mi curiosidad se activó en segundos y al ver la foto de un pez de color plateado con enormes colmillos del grosor de mi dedo pulgar saliendo de sus fauces, quedé completamente paralizado. Nunca antes había visto una payara de tales dimensiones, claro que sí había pescado payaras en algunas partes del Río Orinoco pero nunca algo que se le pareciera a este hermoso ejemplar. Instantáneamente llamo a Rafael para que me comente sobre la foto y él se dedico a contarme los detalles de cómo algunos conocidos habían librado una de las más grandes batallas de pesca de agua dulce de sus vidas en las turbulentas aguas del Salto Uraima (Río Paragua). Sus amigos nunca antes habían perdido tantos señuelos y línea en un viaje de pesca. Se confesaron incrédulos de las historias y luego la realidad los tomó por sorpresa y muchos de ellos salieron derrotados ante un espécimen que se perfiló superior. En resumen, su viaje de pesca al Salto Uraima se transformó en una gran batalla para la cual no estaban preparados y sólo algunos pescadores pudieron sacar ejemplares decentes. Entre ellos esta Payara de 25 libras de la cual me había enviado la fotografía y que aún observaba con escepticismo. Tras la conversación de mas de 15 minutos ya había escuchado suficiente e interrumpí abruptamente a Rafael y le dije, haz todos los preparativos y organiza un viaje de pesca a este lugar. A partir de ese momento en mi mente sólo orbitaba la idea de esta fenomenal aventura.

Rafael hizo un excelente trabajo, dos semanas después ya estábamos listos para emprender nuestro reto. Nos trasladamos hasta el pueblo de La Paragua, en el estado Bolívar. Allí mantuvimos contacto con los operadores y dueños del campamento, que amablemente nos recibieron, y nos embarcamos en una lancha que nos llevó durante dos horas sobre las oscuras aguas del río Paragua, un paseo donde se puede observar una gran diversidad de vegetación y aves propias de la cuenca amazónica. Parecía que el tiempo se había detenido en estos remotos parajes, la densa masa de árboles a ambos lados del río y los tepúes, que se podían apreciar en la distancia, hacían de la vista un espectáculo digno de recordar. De repente, se abrió ante nosotros el ancho del río pudiendo ver a lo lejos un salto de agua que manchaba de blanco las teñidas aguas, aves volando y cazando por la pequeña sardina. Una brisa fresca acariciaba nuestras caras y el tenue sol de la tarde se posaba sobre las montañas, sin saberlo nos aproximábamos a nuestro destino. El skipper hacia señales señalando a lo lejos, aún no podía divisar qué nos señalaba. Al acercarnos finalmente puede apreciar algo difícil de creer, en medio de una isla bordeada por dos saltos de agua, se encontraba nuestro destino final, el campamento Uraima Falls, algo que jamás pensé podría existir en tan remoto y solitario lugar.

Lentamente la lancha se orillaba y pudimos bajar para disfrutar de un momento muy emocionante. Llegamos al lugar donde la historia de pesca de la payara gigante había nacido y ahora nos tocaría a nosotros formar parte de ella, sentía que pertenecía ya a esta leyenda que se había forjado a lo largo de los años, y que yo no conocía, pero de la que de repente nos habíamos convertido en sus protagonistas.

Entramos al campamento, el recibimiento con par de cuba libres, un acogedor cuarto tipo rústico al estilo Churuatas con un clima bastante fresco, relatos de batallas pasadas por parte de los empleados del complejo junto con el libro de récords y toda la decoración y fotografías que hacían referencia a la pesca del lugar, traían a mi mente un solo pensamiento; la acción estaba a punto de comenzar y la cosa era más en serio de lo que me imaginaba. Me sentía como un soldado novato a punto de ir a combate, aunque estaba bien equipado no sabría si lo que tenía sería suficiente. Rafael no dejaba de preparar todo y ya las ansias de enfrentarnos a las aguas turbulentas, que habíamos visto al llegar, nos dominaban. Todo estaba preparado para la acción y sólo tendríamos dos días para demostrar cuál sería el resultado de este emocionante y anticipado viaje de pesca. Pasado un rato nos fuimos a dormir, el silencio y un cielo estrellado abría paso a mi imaginación, a la espera de que llegara el próximo día, cuando se iniciaría nuestro gran encuentro, ya todo estaba preparado, era sólo cuestión de horas.
Muy temprano nos levantamos después un placentero sueño y tras un muy buen desayuno, nos asignaron un capitán y un guía de pesca expertos en el lugar, y así nos embarcamos en una curiara de 5 metros de eslora, con sus respectivos asientos rotatorios y al encuentro de la famosa y endemoniada payara del Salto Uraima.
Nuestro guía de pesca Luis y el capitán estaban preparados en sus posiciones dentro del bote y nos dedicamos a hacer curri en una zona que el guía nos recomendó. Rafael y yo lanzamos nuestros respectivos señuelos, en este caso estábamos utilizando rapalas CD 18 de fondo, inmediatamente sentí como el señuelo tomó profundidad rápidamente, ayudado por el desplazamiento del bote y la fuerte corriente del río. Estábamos prácticamente dando vueltas en la base del salto, el agua salpicaba dentro del bote, mi cara estaba mojada y se sentía la fuerza con que el agua chocaba contra la curiara, los remolinos eran enormes. Yo no creía posible poder pescar algo en tal turbulencia. Allí estuvimos alrededor de media hora sin ningún tipo de suerte y de repente la caña de Rafael tuvo una picada impresionante, el sonido del carrete era intenso cuando metros y metros de línea salían disparados, nunca había visto algo igual en pesca de agua dulce. Rafael templo dos veces la caña con fuerza y pudimos observar en la distancia un cuerpo plateado que saltaba como un pez vela en las aguas del río Paragua. Estábamos atónitos con el espectáculo, Luis grito con desespero “PAYARA PAYARA”, el capitán colocaba hábilmente la curiara en paralelo hacia donde la Payara estaba tirando. Rafael no salía de su estado de sorpresa y rápidamente ajustaba el freno del carrete, ya que la línea seguía saliendo con gran velocidad. La Payara tomó profundidad y se observaba como su caña rígida trabajaba de forma forzada, yo sólo esperaba que la línea de 40 libras no cediera. De repente y para nuestra sorpresa, la payara salió disparada hacia el aire como un proyectil desde el fondo del río, batiéndose de un lado al otro y en nuestras caras pudimos ver como la rapala se desprendía de la boca de este feroz pez. Fue un momento que quedó grabado en mi memoria como una fotografía. En ese instante nos percatamos que la batalla había comenzado.

Después de este primer encuentro los ánimos habían aumentado y Rafael se retorcía en la curiara por haber perdido su primera payara en el Salto Uraima. Continuamos haciendo curri en la misma zona y acordamos probar otro sitio tras del almuerzo. Ir a comer y regresar no era gran cosa ya que los sitios de pesca están a escasos 5 minutos del campamento. Sin embargo, Luis nos sugirió un cambio repentino y esta vez nos orillamos cerca de unas rocas para hacer spinning en la base de los rápidos. Lla vista era intimidante, se podía sentir la vibración en las rocas causada por el poderoso torrente de agua que se veía a unos pocos metros de nuestra posición. Mi camisa se agitaba por la corriente de aire y el ruido del agua nos obligaba a gritarnos para poder escuchar lo que decíamos. Tuvimos que cambiar de señuelos a Rapala CD 14 para poder lanzarlos con facilidad, era realmente un trabajo agotador lanzar contra ese flujo de agua, aún no podía entender como un pez pudiese cazar en tal caos pero nuevamente la naturaleza probó que yo estaba equivocado. Un ataque enorme sentí en mi caña, casi caí al río, Luis me sujetó por la cintura y pude hacer contrapeso con una roca. Esta vez era mi turno, mi carrete aullaba sin cesar y la línea salía como si un proyectil estuviera estuviera tirando del otro extremo. Mis zapatos estaban empapados de agua, de estar pescando en varios pozos en busca de un punto donde pudiese tener mejor apoyo. Me incomodaba la idea de estar tan cerca de la orilla y de todos esos remolinos de agua, tenía que trabajar bien para no correr la misma suerte que Rafael. El capitán ayudaba a sacar el señuelo fuera del agua a Rafael mientras que Luis se colocaba cerca de la orilla para poder atrapar al pez, una vez que estuviese cerca. Yo seguía tratando de jugar un poco con mi adversario. Sentía que la resistencia disminuía pero aún presentaba batalla con tirones cortos de un lado hacia el otro. De repente Luis me recomendó que me acercase a la orilla, ya que el pez estaba tratando de seguir hacia las rocas, y necesitaba un mejor ángulo. Luis saltó de la orilla y salió corriendo al bote a buscar un gancho, decía que no se atrevía a tocarlo, bueno, yo no lo culpo. Cuando al fin logramos sacar a este espécimen, Rafael y yo no salíamos de nuestro asombro, la payara es un pez que parece prehistórico, con un arsenal de dientes que pueden triturar cualquier cosa, pues bien, teníamos ante nosotros una payara de 24 libras. La fotografiamos y la enviamos de regreso a su hogar de remolinos y espuma blanca.
Luis nos explicaba que en los lugares de corriente fuerte se encuentra la sardina, que es la principal fuente de alimento para la Payara. Durante el resto de la mañana, seguimos en ese punto, logramos capturar 3 Aymaras de 15-24 libras y 5 payaras entre las 12-15 libras, esto era solo el principio. Luis nos dijo que este era un lugar apropiado para pescar ejemplares pequeños con frecuencia. Tras el almuerzo, nos prometió llevarnos a las grandes ligas, aún el reto mayor estaba por llegar. Regresamos a almorzar, toda esta acción había activado nuestro apetito.

Al llegar al campamento nos recibieron con jugos naturales frescos y fríos y un suculento almuerzo. Después hicimos un breve descanso, donde la brisa de la montaña y el silencio eran la combinación perfecta para dormir toda una eternidad. Pasadas las dos de la tarde, Luis nos animó nuevamente y nos dijo, “llego el momento de subir a las mayores”, realmente no entendía porqué siempre Luis mencionaba la palabra subir. Minutos mas tarde comprendería, literalmente, el porqué de la expresión. Salimos nuevamente de la orilla de la isla Uraima, empezamos a navegar hacia el sitio donde estuvimos haciendo curri por la mañana. El bote se detiene y Luis nos recomienda sentarnos en la base de la curiara y ajustar nuestros chalecos salvavidas. Nos dice que subiríamos por los rápidos hacia el salto madre, en ese momento me di cuenta que Luis simplemente nos había llevado por la mañana a un sitio a hacer prácticas para novatos y que sólo nos preparaba para la verdadera batalla. El momento había llegado y sentimos como el capitán aceleraba a toda velocidad para encontrarnos frontalmente con una pared de agua, subiendo sobre los furiosos rápidos del río Paragua. El agua se podía ver como sobrepasaba los bordes del bote y nos mojaba completamente, la adrenalina estaba en mi cuerpo a la máxima expresión y los gritos de Rafael se escucharon en toda la selva. Remolinos de agua a la derecha e izquierda, rápidos con una fuerza indescriptible y sorprendentemente el capitán lograba subir la curiara por toda esa turbulencia con una docilidad sorprendente. Al terminar el ascenso logramos ver un río dócil y un paisaje amazónico, diferente tipos de vegetación con amplias tonalidades de verdes y múltiples especies de aves pero la tranquilidad duraría poco. Al avanzar, se mostró ante nosotros la madre de todos los saltos, imponente, blanco, y furioso, el lugar donde todas las leyendas habían nacido, habíamos llegado al Salto Uraima, el hogar de la Payara gigante.
Ya en las turbulentas aguas del Salto Uraima, Luis nos explicó la mecánica de pesca. Nos comentó que si queríamos sacar un record, deberíamos curricanear en la turbulencia. Bueno, para eso estábamos aquí y a esas alturas nada nos iba a detener. Pusimos nuestros Rapala CD 18 e iniciamos nuestra búsqueda. No esperamos mucho, dos golpes simultáneos, yo tenía un pez y Rafael tenía otro. No sabía si la fuerza descomunal de este pez era incrementada por la fuerte corriente pero nuestro esfuerzo era evidente, yo perdía metros de línea en segundos, al igual que Rafael. Luis ordenó a gritos al capitán que orillara la curiara lejos del salto. Él estaba siempre muy pendiente de nuestra seguridad ante todo, Rafael y yo seguíamos peleando con dos ejemplares que aún no habíamos logrado avistar. Yo logré recuperar varios metros, pero de algún modo este pez ganaba fuerzas y volvía a sacar línea, haciéndome perder todo el esfuerzo anterior. Rafael decidió jugar un poco sin recoger línea pero manteniendo la presión, su caña estaba haciendo el trabajo. Yo por mi lado cometí un grave error, decidí bajarme de la curiara en la orilla del río y me apresuré demasiado. Un pez plateado saltó en la lejanía como despidiéndose de mi pero Rafael continuaba en la pelea. Un espectáculo estaba por verse ante nosotros, una enorme Payara plateada, inicio una serie de saltos acrobáticos, acompañados con intensas carreras en diferentes direcciones. El carrete de Rafael parecía fundirse con la acción, Luis decidió navegar río abajo, ya que en la orilla sería muy difícil maniobrar este enorme pez, debido a la cantidad de rocas, no queríamos perderlo. Súbitamente Rafael nos dijo “se fue” y de repente una nueva explosión de fuerza se llevaba varios metros de línea, fue un ir y venir. Rafael lentamente recogía, poco a poco veríamos como ese enorme pez cedía, Rafael acercaba cada vez más este espécimen a la curiara. Mi mayor sorpresa fue al ver un enorme cuerpo plateado de inmensos colmillos surgir de las oscuras aguas. Luis pidió ayuda y entre ambos logramos sacarla, una payara milenaria estaba antes nuestros ojos. Ya en el bote la payara hacia un ruido como un grito de rabia, sorprendentemente Rafael había logrado una Payara gigante de impresionantes 32 libras, nunca antes había experimentado algo igual. Realmente, era un pez que merecía nuestro respeto y cuidadosamente lo regresamos al agua para perpetuar en el tiempo esta espectacular aventura.
Al fin lo habíamos logrado, vivimos una leyenda y presenciamos una lucha que jamás pensamos encontrar. Muchos han sido derrotados por estos dignos adversarios pero para nosotros este viaje se había transformado en una gran victoria.
Humberto Malaspina www.pavonpayara.com
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